comparativas
27/11/2007
Juan Manuel GARCÍA RUBIO / Fotos: Jorge BRICHETTE
Focus coupé ST WRC 525 2.5i vs Mégane 2.0T F1 team r26
Al filo de los 240 CV, estas versiones de Focus y Mégane dan mucho juego en el plano dinámico, y también en el estético, aunque eso sea lo de menos. Con ambos puedes pasarte ratos de verdadero divertimento, y además no los olvidarás.
Hay coches que son (casi) de "usar y tirar", que pasan por la vida de su propietario como una cosa más, necesaria, pero que no deja ninguna huella; vehículos que se olvidan. Y hay coches de los que te acuerdas siempre, sea por una cosa o por otra. A Focus WRC 525 y Mégane F1 Team R26 los recuerdas por todas las cosas; es más, ya los podemos considerar auténticos coches de colección, y sólo por eso ya tienen un hueco hecho en las neuronas más recónditas del cerebro... incluso sin poseerlos. Son mucho más que una apariencia distinta a través de las correspondientes pegatinas, e incluso más que ediciones especiales, una firmada por Marcus Gronholm y la otra para conmemorar las victorias de Renault en la máxima especialidad de circuitos, la Fórmula 1. El compendio de todo esto, a lo que hay que unir motores potentes y chasis muy afinados para la ocasión, hace de ellos verdaderas joyas del asfalto, que es donde se disfrutan con verdadera pasión, damos fe. Por una cosa o por otra, el caso es que este Focus es de verdad un ST, es decir, usa ese extraordinario motor de 5 cilindros con 225 caballos y turbo, al que además se le dota con un sabor más racing gracias a un recurso del que también hace uso el francés, y que no es otro que el de las pegatinas (por cierto, con el tiempo algunas se levantan, tanto en uno como en otro coche). Por si fuera poco, la firma del piloto impresa en el capó de la carrocería del 525 WRC acentúa más si cabe esa sensación muy lograda en el Ford. De la misma forma, Renault ya tiene mucha experiencia en eso de las personalizaciones, y para muestra, la enésima entrega de este Mégane, que supera en cinco caballos a su contrincante con un motor con un cilindro menos que éste y también con mucha menor cilindrada, lo que repercute al final en una superior relación caballos/litro, que pasa factura a favor a la hora de los cronos. Aunque con mecánicas distintas en el fondo, los resultados son relativamente parecidos. Otra cosa son los chasis, que, con un denominador común –suspensiones muy deportivas y duras–, toman caminos distintos en cuanto a la configuración del eje trasero se refiere. Mucha sal y mucha pimienta. Son dos coches atractivos, pero también apasionantes de conducir. Sí, nos referimos a este Focus y a este Mégane, no hablamos de ningún Porsche, Ferrari, etc., que siempre acaparan los adjetivos más al uso como éstos. Sus propulsores son capaces de ofrecer mucho picante a la conducción, que es al fin y al cabo lo que se quiere a los mandos de estos coches, pues la estética ya la consiguen con fáciles números de transformismo, como ya hemos comentado antes y podemos observar en las imágenes. Desde luego, no son vehículos aburridos en ningún sentido. Cinco caballos de ventaja separan al Mégane del Focus, pero no son suficientes para marcar diferencias demasiado drásticas, pues, entre otras cosas, ambos están en torno a los 1.400 kilos, y eso juega a favor de estos dos coches, que son muy rápidos y tremendamente ágiles, respondiendo con prontitud pasmosa al acelerador, porque, además, los cambios de ambos son rápidos y precisos, con lo que el cóctel para pasarlo bien está más que servido, y sabe al mejor brebaje caribeño, de ésos que te hacen bailar hasta las danzas que no has oído nunca, pero que te entonan como ninguna. Es difícil subirse al Focus 525 y no querer experimentar el subidón de vueltas al que te catapulta este 5 cilindros con turbo y 225 caballos. Su reacción es inminente, y hasta conviene por ello agarrar bien el volante para evitar lo máximo posible las pérdidas de motricidad que a veces se producen en según qué circunstancias. Es un motor tremendamente alegre, que casa a las mil maravillas con este coche, pues no en vano se trata en realidad de un ST mejor vestido, con mayor atracción y, sobre todo, mejor ataviado por dentro, con unos bonitos asientos de cuero tipo bacquet, y por fuera, con la parafernalia que se puede ver en las imágenes, pero que por otro lado no le sienta nada mal. Hay sólo diez Nm más de par que en el Mégane, aunque la mayor cilindrada y la sobrealimentación por turbo obran ese casi tremendo aluvión de fuerza que se torna en verdadero tirón, y, sobre todo, son unas excelentes aliadas a la hora de acelerar para buscar los límites de este coche a través del motor. Del Mégane, no vamos a decir precisamente que su motor se quede en desventaja, sino más bien todo lo contrario, ofreciendo más caballos a 600 revoluciones menos que su contrincante, y compensando en parte la diferencia de cilindrada frente a su rival de estas páginas. Frente al propulsor del Focus, esa menor cilindrada y la obtención de potencia a menor régimen dan como resultado que éste sea algo más puntiagudo, aunque uno y otro no plantean ningún "pero" para nuestro gusto y resultan verdaderos objetos de culto cuando te pones a conducirlos. ¡Carretera y manta, que vamos! El actual Focus, y el que vendrá, ya acude en el eje trasero a un multibrazo, que ofrece sus frutos en carretera de forma más notoria a como lo hace el Mégane, punto débil en una comparativa como ésta. La sensación de mayor aplomo en carretera –y eso que el Mégane a base de endurecer mucho las suspensiones ha conseguido un excelente resultado en esta versión– hace mella de forma más satisfactoria en este modelo a la hora de atacar curvas largas, cortas o entrelazadas. El caso es que en ambos, como hemos dicho, se recurre a chasis rebajados y también a suspensiones poco confortables para transportar a los abuelos, pero necesarias para el verdadero carácter de estas versiones, que, sin estos ajustes, hubieran quedado en meros disfraces de unas carrocerías ya conocidas. Si nos enfrentamos a un apoyo fuerte en una curva lenta, el Focus transmite si cabe una sensación aún mayor de confianza que la del Mégane, y hablamos ya en este segundo caso de un límite alto. Las reacciones del chasis en ese caso se traducen en un aplomo en curva difícil de imaginar o expresar con palabras, con un límite de agarre tan sólo cortado cuando, ya pasados, aparece el subviraje de turno, que nos avisa convenientemente y que es fácilmente controlable por lo dulce de tratar que son estos coches. Ese límite, alto en el Renault, aparece antes, e incluso nos encontramos con un eje trasero que afronta la situación de manera distinta en forma de pérdida de adherencia. En ambos casos, y por el tema mencionado de las suspensiones, hay muy pocos, e incluso nulos, balanceos de la carrocería, porque estos vehículos no se andan con demasiadas chiquitas en este apartado. Los dos frenan como se espera y no hay pega en ese sentido, y ambos incorporan la dirección con asistencia eléctrica, muy buena en el Ford y menos afinada en el Renault, aunque nunca resulta una pega a tener en cuenta. Otra cosa son los precios, y en eso también el francés aventaja por arriba claramente a su rival, donde también hay lagunas entre uno y otro en cuanto a equipamiento. n