Con el Impreza hemos topado. Junto con el Mitsubishi Lancer, estamos hablando de uno de los pocos coches del mercado pensados directamente para la competición. Ello fue posible gracias a que la pequeña Subaru se dio a conocer mundialmente por sus victorias en los rallyes, lo que permitió hacer rentable un proyecto tan radical como el Impreza. Con un par de retoques, estos coches son altamente competitivos en cualquier carrera. Motor turbo, tracción 4x4, alta efectividad… todo se acerca a los estándares de competición, pero podemos disfrutarlos en carreteras abiertas.
Eso sí, la palabra radicalidad, aplicada a su filosofía, se ha moderado, de forma pareja a lo que hemos expuesto en los artículos de Focus ST y C4 VTS: el último Impreza, incluso el anterior, son ya coches para todos los días, algo más toscos e incómodos que una berlina semejante –muy poco más que un ST–, pero definitivamente moderados para poder llevar a la suegra sin que proteste por los baches. En este sentido, su máxima eficacia deja hueco a una suavidad suficiente, mayor que en las primeras versiones.
Pero no es en su suavidad en lo que nos fijamos al conducirlo. El Impreza es un coche con una trasera viva, noble pero viva, que ayuda al piloto en las zonas más viradas. La tracción total es otra virtud, que mejora el excelente paso por curva y hace necesario menos contravolante cuando hay sobreviraje. A sus mandos, los giros llegan y llegan, mientras que las rectas se acaban en un abrir y cerrar de ojos. La comunicación entre piloto y asfalto es total (en este sentido está a un mundo de sus rivales de hoy), y da gusto explorar sus límites, a lo que se llega con relativa facilidad gracias a ello, a pesar de lo lejos que están.
El motor es realmente feroz, uno de los pocos que todavía parece que dan más caballos de los reales. Se trata del ya conocido bloque de 2,0 litros turbo de 280 CV, con sus cuatro cilindros opuestos. Una luz roja nos avisa de cuándo debemos hacer el cambio de marchas, perfectamente colocada, pues la aguja del cuentavueltas sube como un sputnik en cuanto entra el turbo, en la zona media, de forma bastante marcada, y hace complicado estar pendiente de ella. En ese momento, un torrente de satisfacción recorre siempre nuestro cuerpo. Es un gustazo sentir tanto avance en tan poco tiempo. La sensación es comparable a la de coches mucho más potentes y caros.
Necesita un revolcón
Dinámicamente, el Impreza es intachable, así que hay que buscarle pegas en otras características. El interior, aunque altamente mejorado con respecto a las primeras versiones, sigue siendo comparable al de coches más baratos, y de hecho la cabina del Focus es de más calidad.
Además, la estética de los coches de tres volúmenes, como la del Impreza, está trasnochada en España. Tienes que ser un coche de lujo, un BMW o un Mercedes, para gustar así vestido, y esta imagen no casa con la de un coche deportivo. Aun así, el original frontal y los aditamentos estéticos, junto con el color azul que comparte con los modelos del Mundial, le hacen atractivo. A su favor, el sentido práctico: tiene cuatro puertas y un amplio maletero, perfecto incluso para las necesidades de una familia al completo.