El Mundial de F1 terminó de dar vueltas en una temporada que pasará a la historia del "Gran Circo" por los más variados y variopintos motivos. Desde luego, pasará por la rocambolesca, esperpéntica y lamentable actuación del equipo McLaren y por el primer título más que justo que, en contra de todos los pronósticos, ha conseguido Kimi Raikkonen.
El piloto finlandés y Ferrari superaron en el brasileño Circuito de Interlagos la apuesta más difícil gracias a una actuación simplemente ejemplar. Aunque por un momento, y tras los garrafales fallos de Hamilton en los primeros compases de la carrera, soñamos con un nuevo milagro, la verdad es que Alonso necesitaba esta vez todo el santoral.
Al asturiano le vimos disputar el título desde que el semáforo se puso en verde (impresionante su adelantamiento a Hamilton), pero dependía de muchos factores que no se encadenaron como todos hubiéramos deseado.
Fernando aguantó el chaparrón como un campeón, justo lo contrario a lo que hizo su decepcionante compañero de equipo, que estuvo horrible en un día en el que tenía todo a su favor. Víctima de la presión, su carrera tuvo siempre tintes de tragicomedia, como al final sucedió.
De todos modos, el único culpable no ha sido él. La máxima responsabilidad de todo este desaguisado hay que depositarla en el jefe del equipo, en un Ron Dennis que no ha sabido manejar los hilos de un garaje "tocado" desde que el Mundial se pusiera en marcha.
No se han hecho las cosas bien, claro que no, con lo fácil que hubiera sido aglutinar desde el principio todos los esfuerzos en torno a la voz de la experiencia, que no era otra que la de Alonso. Tener el mejor piloto del paddock, el coche más rápido, el que hubiera sido un escudero perfecto, como Hamilton, los patrocinadores más potentes y el entorno más adecuado es un maridaje que no se consigue todos los años.
Dennis ha fracasado nuevamente y se debería marchar. Ha perdido toda la credibilidad, y así lo tendrían que entender Mercedes y, por extensión, el Banco Santander, la Mutua Madrileña o Vodafone, quienes deberían coger los trastos y buscar acomodo en un nuevo destino. Por supuesto, Fernando también debería tener las maletas listas, algo de lo que no dudamos conociendo como conocemos al piloto asturiano.
Esta farsa no puede continuar más, y todos, en bloque, deben pasar factura a un personaje que hoy no merece el más mínimo respeto, respeto que no ha perdido la fábrica Ferrari, una vez más la gran y merecida dominadora de la clase reina del automovilismo. ¡Enhorabuena!