A la hora de escribir este artículo, estoy verdaderamente consternado, porque es uno de aquellos que nunca me hubiera gustado escribir. Sinceramente, nunca había imaginado que podía pasarnos. La trigésima edición, cuando había llegado la hora de la verdad para Volkswagen y Carlos Sainz, que apuntaban a lo más alto, la recomendación del gobierno español y francés de no participar por motivos de seguridad provocó un auténtico terremoto.
El Dakar, en el fondo, es víctima de los problemas que se respiran hoy en el mundo, que padece una enorme inestabilidad. Fui a mi primer Dakar en 1993, y entonces aprendí, rápidamente, que era una prueba fantasiosa, repleta de historias volátiles, en la que una falsa explosión de un motor se podía convertir en un tiroteo. Nunca, en todos estos años, he tenido sentimiento de peligro en cuanto a un ataque terrorista, ni siquiera cuando se neutralizó de forma espectacular la carrera en Níger en 2000 y en Mali en 2004. Las amenazas iban intrínsecas a la prueba y nadie de la caravana, ciertamente, pensaban que podían ir más allá. Creo que ni yo ni nadie, in situ, ha tenido miedo.
De todas formas, hace 15 años los países africanos con conflictos internos eran muy pocos. El Dakar accedía a ese continente por Argelia o Libia, atravesando el Teneré por Níger, Mali, Burkina Faso, Guinea, Mauritania y Senegal… Trabajar en las más precarias condiciones convertía el trabajo en una aventura inolvidable, porque cada paso que uno daba era una terrible lucha para superarse a sí mismo y a las circunstancias. No había Internet, ni cámaras digitales, ni prácticamente líneas para poder mandar los artículos. Era una escuela de Periodismo, se lo aseguro, aunque sólo fuera para subsistir.
Con los años, la organización se ha visto obligada a llevar el itinerario del Dakar hacia la costa atlántica presionado por los conflictos que están infectando toda África. La carrera, hoy, está condenada a recorrer el pasillo entre Marruecos y Mauritania para alcanzar la capital senegalesa. Todo ha cambiado, incluso el espíritu aventurero. Las amenazas terroristas persisten. Hubo el año pasado y habrá el siguiente, si se hace, porque desgraciadamente es el pan de cada día. En definitiva, como asegura un buen amigo que conoce el Dakar como la palma de su mano, "el rallye es prisionero de la crisis global".