El Jaguar XKR es uno de los diferentes modelos que uno puede alquilar para rodar en el Circuito de Bedford, y su estado de funcionamiento es perfecto. Allí acudimos para saborear sus bondades, tras un par de horas de trayecto en coche hacia el norte, desde Londres.
No es éste un vehículo que participe en ningún campeonato específico, pero ha sido desarrollado como si de un coche de competición se tratase: desde las medidas de seguridad, como extintores o barras antivuelco, hasta las evoluciones precisas para convertirlo en un purasangre, todo apunta a que es perfecto para disfrutar del asfalto.
Entre ellas destacan los nuevos y más potentes frenos, las suspensiones endurecidas o la reducción de peso general, para lo que se ha eliminado todo lo superfluo, desde asientos hasta los recubrimientos o aislantes.
El motor sigue más o menos intacto. Se trata del V8 turbo de serie, de 4,2 litros de cilindrada, que genera 420 CV y ruge como el de un avión.
Y la imagen. Eso también cuenta. Desde la publicidad de los patrocinadores del circuito en todo su perímetro, hasta el inmenso alerón trasero, nada más verlo lo identificamos como un coche de carreras. Y su comportamiento, efectivamente, lo demuestra.
Al volante
La generosa lluvia y el desconocimiento del circuito, que fui aprendiendo poco a poco, son dos datos a tener en cuenta para concretar el contexto en el que se desarrolló la prueba.
Nada más acelerar, llama la atención el poderío del motor. La potencia es mucha desde bajas vueltas, aunque sea la zona media y alta del cuentavueltas la más jugosa, a la que la aguja llega enseguida. Es una gozada ir subiendo marchas simplemente apretando la leva derecha del volante, sin soltarlo, mientras el vehículo avanza cada vez más rápido y el paisaje se difumina a izquierda y derecha.
Su velocidad máxima es de 296 kilómetros por hora, aunque en el punto más rápido del circuito, la recta, no es posible superar los 225 aproximadamente, a pesar de que el cero a cien se consigue en tan sólo 4,5 segundos.
El primer problema, que en realidad es del conductor más que del coche, es que hay que cambiar justo antes del corte de inyección. De lo contrario, se pierde mucho tiempo, más de lo normal: la caja de cambios parece ralentizarse y notamos cómo hemos hecho algo mal. Una vez atentos al lugar idóneo, donde siempre nos acercamos pues allí todavía hay mucha potencia, se soluciona el inconveniente.
En la recta, pues, todo es pasión, y solamente hay que pisar el pedal a fondo para disfrutar de lo lindo. Una vez llegamos a la frenada, las cosas siguen sin complicarse. A pesar del elevado peso, más de tonelada y media, y del agua, este gatito se detiene de forma contundente, más o menos como un conductor con experiencia espera.
El problema llega con las curvas. En ellas, la comunicación con el coche es escasa. El bajo perfil de los neumáticos y las enormes llantas hacen que el vehículo deslice sin avisar, tanto de morro como de trasera. Así, debemos entrar en las curvas como de paseo, terriblemente despacio, y acelerar a fondo solamente cuando tenemos el coche recto. De lo contrario, perderemos mucho tiempo corrigiendo sobreviraje y subviraje. Esto no me lo creí del todo mientras lo probaba, y mis tiempos fueron peores que los de algunos compañeros que sí fueron más cuidadosos y precavidos, que se sorprendieron con ello dado que "no parecía" que fuesen tan rápido. Al contrario, como puedes ver en el recuadro, mi agresividad con la barqueta Jaguar Palmer fue la adecuada para lograr el segundo mejor tiempo de la jornada, cuando sobre el papel es un coche más complicado de conducir.
En seco, las cosas deben cambiar mucho. El perfil bajo debe pasar de ser un enemigo a un aliado, aunque siga sin facilitar el encontrar con precisión el límite de adherencia. Y, además, las aceleraciones no deben ser tan comedidas, pues en vez de hacer un trompo al más mínimo fallo, lo que nos ocurrirá es que rodaremos unos cuantos metros de costado.
En definitiva, una verdadera maravilla que divierte y apasiona.