No importa que nos encontremos ante el anterior Mégane; la transformación que hizo la marca el año pasado para conmemorar la recta final de este modelo y su relación con el mundo de la competición justifican una versión así y el hecho de que lo tengamos un poco a destiempo.
De las 450 unidades que se fabricarán de este coche en Dieppe (Francia), solo 26 vendrán a España (la de nuestra prueba es la número 10), lo que le convierte en un coche de colección que le da mucho más valor todavía. Conserva los 230 "jacos" del F1 Team R26, modelo del que deriva, así como la suspensión y el autoblocante delantero. Es por ello que Renault no solo ha conseguido un coche pintón deportivamente hablando, sino que también ha creado un buen espécimen para poder disfrutar el asfalto en todas sus variantes porque es un coche que, además de aparentar deportividad, también la tiene.
Vestido para gustar
Si te gustan los coches preparados, te gustará este Mégane. El nivel conseguido es muy bueno, y se nota en la calidad de los elementos que puedes analizar desde afuera… y también por dentro. Enamora a primera vista, vamos.
Además de las pegatinas, a las que Renault ya sabemos que muestra mucha afición, se suman en este coche otros muchos elementos encaminados a reducir el peso. Gran parte de los 127 kilos ahorrados en este apartado se deben a la sustitución de los vidrios traseros por policarbonato, y también al capó delantero, muy liviano (7,5 kg de ahorro) gracias al empleo total de fibra de carbono para su realización.
Pero no son los únicos puntos, pues se ha ido más allá. El chasis está aligerado, el escape de titanio (opcional) o los bacquets delanteros de carbono contribuyen a ello de una forma también muy especial. Claro, que tampoco tiene asientos traseros, ni limpiaparabrisas posterior, ni luces antiniebla, ni lavafaros, ni gran parte del material insonorizante al que estamos acostumbrados en los coches modernos para reducir el ruido que se cuela al interior.
Por prescindir, se prescinde hasta del climatizador, aunque, eso sí, pasa a ser otro opcional, porque el equipamiento ha sido objeto de reducción para conseguir parte de los objetivos buscados en el Mégane R26.R. En resumidas cuentas, que no se trata de un simple tuning al uso, pues el nivel de preparación es profesional y muy conseguido, te lo aseguramos.
Combinación explosiva
Pero lo mejor de este coche no es la imagen, que ya te pone, sino la dinámica en asfalto. Embutirte en los bacquets de competición con seis puntos de anclaje tiene su contrapunto negativo en que para ciudad son un verdadero tormento, pero en carretera no hay asientos que sujeten mejor el cuerpo. Están firmados por la marca Sabelt, y no te moverás de ellos aunque te pongas como objetivo reventar el motor por un sobrerrégimen en un revirado tramo de montaña. Eso ya te pone más a tono todavía.
Por dentro, el salpicadero es el mismo que el de los Mégane anteriores, y el nivel de acabados y calidad, idénticos, salvo pequeños detalles encaminados a conseguir un clímax más racing. La palanca de cambios es algo más corta, y así los cambios se realizan con más precisión a la vez que se sitúa en mejor postura para el brazo desde el asiento. Con las barras traseras, de cuatro puntos de anclaje, puedes circular por carretera ya que están homologadas, y, aunque ese no es su objetivo, como se prescinde de los asientos traseros, la zona de carga aumenta también notablemente. Se ha previsto incluso una red para delimitar lo que era propiamente la zona de carga, muy útil si tienes en cuenta que es fácil dar bandazos al equipaje si es que decides llevarlo contigo.
Lo cierto es que con todo esto, y el motor de cuatro cilindros y 230 caballos, tenemos una mezcla explosiva en las manos. Y lo es porque es difícil que con este coche no te sientas un piloto de verdad. El propulsor empuja muy bien desde abajo y no es reacio a moverse en regímenes altos, por lo que si puedes acceder a un circuito a divertirte, o a un buen tramo de montaña, lo disfrutarás de lo lindo.
Como se ha prescindido intencionadamente también de la insonorización normal, como comentábamos antes, oyes sonidos procedentes del motor y de la rodadura, al igual que en un coche de carreras, que te empujan aún más a buscarle la quintaesencia a este modelo, a llevarlo alto de vueltas, a realizar salidas rápidas y a cambiar de marchas continuamente para experimentar su potencial. Es por eso un coche que levanta pasiones con tan solo montarte en él y es tremendamente divertido en asfalto o tramos de tierra.
De serie lleva unas ruedas Michelin Pilot Sport 2 en medida 235/40 R18, pero nuestra unidad de pruebas monta las opcionales, marca Toyota Proxes R888 en ancho de 225/40 R18. Éstas son de compuesto muy blando y agarran una barbaridad, aferrándose al asfalto como verdaderas ventosas, lo que no hace sino sumar más enteros a la estabilidad de este modelo, que ya de por sí es alta gracias a suspensiones más duras y adaptadas al superior nivel de prestaciones para el que está hecho. Las modificaciones en el chasis y en las suspensiones le valen perfectamente para olvidarte de que el eje trasero conserva todavía un esquema semiindependiente en lugar del tan aclamado paralelogramo deformable y del que tantas veces te hemos hablado.
La dirección, eléctrica, va como la seda, y nada tiene que ver con el tacto de los anteriores Mégane, que obligaban a corregir un poco en cada curva. Los cambios se realizan de forma muy rápida tanto en sentido ascendente, para meter hierros, como en retención para quitarlos. Los frenos son más potentes y con más resistencia a la fatiga gracias a que a los discos delanteros les han efectuado unas acanaladuras. El caso es que el tacto es muy bueno y son muy dosificables, con mordiente en todo momento.
Todo ello contribuye a encontrarte un coche muy bien avenido en la conducción deportiva, duro de suspensiones, rápido en el paso por curva y también de conducción muy ágil y veloz en autopistas, donde el motor empuja con verdadera alegría.