viernes, 05 de diciembre de 2008 Buscar

Pruebas

El bastidor sigue siendo una de las bazas del Mégane Sport RS, con una nobleza de reacciones ejemplar.

12/06/2007

Luis EZCURRA / Fotos: Jorge BRICHETTE

Renault Mégane Sport RS 2.0 dCi 16V

La marca del rombo no deja de sorprendernos nunca con el continuo lanzamiento al mercado de versiones deportivas de sus modelos. El último en ver la luz es el Mégane Sport RS con motor diésel de 175 CV. Un segmento, el de los GTI’s diésel, encabezado por los Golf y León. ¿Será capaz de plantarles cara?

El segmento de los GTI’s está que arde, y más ahora si tenemos en cuenta la reciente entrada en este apetecible grupo de los controvertidos diésel. Al principio levantaron ampollas a más de uno, se les miraba de reojo y con mala cara. El diésel nunca ha sido sinónimo de deportividad, pero el tiempo les ha dado la razón y el cronómetro la posibilidad de "tutear" a los intocables gasolina.

Por eso queríamos enseñaros cómo es el nuevo Mégane RS 2.0 dCi con sus 175 CV. Sin duda, una vuelta de tuerca más al buque insignia de los compactos de la marca, donde todavía nos quedaba el buen sabor de boca que nos dejó la recién salida versión F1 Team R26.

La suerte está echada y el semáforo se pone en verde. Veremos qué es capaz de hacer este Mégane al lado de dos de sus grandes competidores: el León FR y el Golf GT.

Hay miradas que matan. Como siempre en este tipo de coches, uno de los principales criterios de elección es sin duda la línea exterior. Y aunque nuestro protagonista lleva ya unos cuantos años en el mercado sin ninguna remodelación, parece que los años no pasan por él. Sus trazos siguen estando de moda y el nuevo traje deportivo, compuesto por paragolpes delantero y trasero, parrilla y llantas le queda de maravilla. La gente sigue mirando en los semáforos, y eso es algo de lo que uno tiene que estar orgulloso.

Exteriormente es imposible diferenciar la versión diésel de la de gasolina, a no ser que peguemos nuestra oreja en el capó para escuchar su característico traquetreo o acerquemos la nariz al escape para degustar el "placentero" aroma del gasoil.

Sin embargo, al interior sí que se le nota el paso de los años. No sólo en diseño, sino también en la calidad de sus plásticos. Además, no encontramos ni una sola alusión a esta exclusiva versión o diferencia con respecto a un 1.5 dCi, salvo en los asientos, de corte deportivo en el RS y con el anagrama de "Reanult Sport" grabado en el reposacabezas. Eso sí, la posición de conducción resulta muy agradable, con todos los reglajes posibles. Tampoco nos acaba de gustar la presentación del aparato de radio, con una botonería muy confusa y de difícil lectura.

Chasis casi de carreras
Al andar los primeros metros con el RS, lo primero de lo que nos percatamos es que tiene una suspensión como una piedra. Ahora nos viene a la mente la de su hermano pequeño, el GT, bastante más confortable que la de éste. Sin embargo, cuando decidimos buscarle las cosquillas lo damos por imposible, es posiblemente uno de los GTI’s más fáciles de conducir y de llevar rápido de los que jamás hayamos cogido. La estabilidad y la nobleza con la que gira es una de sus mejores bazas, sin duda. Además, con este nuevo tarado de la amortiguación, un tanto incómodo para viajes o para ciudad pero terriblemente eficaz en conducción deportiva, permite un paso por curva vertiginoso.

Le da lo mismo, en bajada o en subida, sin control de estabilidad o con él conectado, en seco o en lluvia, el RS nunca te hará pasar un mal rato. Hasta las manos más inexpertas podrían sacarle el jugo a los 175 CV que entrega su propulsor, gracias a un comportamiento marcadamente subvirador donde a la trasera le cuesta descolocarse. Esto, entre otras cosas, nos quita de problemas a la hora de un exceso de ganas.

En definitiva, un excelente chasis más para una conducción deportiva que para el uso diario, prácticamente idéntico también al de su hermano de gasolina, y con una característica que destaca por encima de cualquier otra: su nobleza de reacciones.

Mecánica poderosa
Seguramente todas las impresiones que hemos recogido del comportamiento de esta singular versión deportiva del Mégane ya os sonarán de algo. No en vano, viene siendo la tónica habitual cuando sale a la palestra una nueva versión del compacto estrella de la marca, donde la versatilidad y la facilidad de conducción son su tónica habitual.

Sin embargo, nunca antes había existido la combinación con este propulsor de 2 litros de cubicaje y 175 CV que anteriormente montaron el Laguna o el Espace. Se trata de un motor potente, con una gran patada por encima de las 2.000 vueltas y que no destaca por ser demasiado silencioso.

La combinación con el bastidor es perfecta, y aunque sólo a veces entorpece una dirección electromecánica que nos sigue sin convencer, el tren delantero del Mégane digiere sin problemas los envites que le lanzan los 360 Nm provenientes de más arriba. Gracias a este dato, la capacidad para ganar velocidad en cualquier marcha y a cualquier régimen de revoluciones impresiona si nunca te has subido a un diésel potente.

Si es así, te invitamos a que lo hagas y experimentes las sensaciones que puede darte uno de los mejores compactos diésel del mercado y al que, eso sí, tiene una dura competencia.

 

 

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