Como todas, esta profesión tiene muchas cosas buenas y otras que no lo son tanto, pero entre las primeras se encuentra en la pole esa llamada al año que suelo recibir para invitarme a correr. Esta vez, al otro lado del teléfono estaba la simpática Blanca de Foronda, jefa de Prensa de RPM, empresa que organiza las World Series de Renault. Evidentemente no me iban a subir en uno de esos monoplazas de 450 caballos, pero la conversación fue así: "Nacho, ¿te vienes a correr a Montmeló la carrera de la Eurocup Mégane Trophy?", se hizo un silencio de unos cuatro segundos por culpa de que yo ya estaba imaginándome gobernando semejante aparato en la curva de entrada en recta... ella lo cortó diciendo... "Sí, ya sé que te coincide con tu carrera de la Clio Cup allí, pero no puedes faltar. Además, el horario del meeting es totalmente compaginable".
"Pero Blanca, por supuestísimo que sí, me había quedado sin habla", respondí mientras intentaba que no se notasen demasiado los botes de alegría que estaba dando.
¡Qué preciosidad!
En dos semanas me encontré delante del tan deseado aparato. En un box impecablemente presentado por el equipo Delahaye Motorsport se encontraba un angelito de apenas 900 kilos, con casi 350 caballos, propulsión trasera, motor central, cambio semiautomático y un alto efecto aerodinámico, que tenía que controlar en medio de un certamen monomarca europeo.
En la primera tanda me aclimaté al coche. Claro está que a lo bueno uno se acostumbra pronto, pero antes de montarme tenía respeto por el comportamiento del coche. Mi asombro fue que el Mégane presentaba un talante subvirador, que lo hacía supuestamente algo más lento pero muy fácil de pilotar cuando es tu primera vez.
Al pilotarlo, es un coche en el que te das cuenta de que todo es serio y muy "gordo". La posición de conducción casi central, un sonido de motor que acelera todos los sentidos, un cambio semiautomático por levas que ya lo quisieran otros coches de carreras que presumen de uno semejante, el embrague en el volante, un pedalier que obliga a frenar con el pie izquierdo como en los Fórmula 1, unos frenos a los que te cuesta acostumbrarte… pero luego te sorprende por su capacidad de deceleración y buen tacto, y mención aparte merece su paso por curva.
Por más que daba vueltas, había algo en mi interior que me decía: "A esta velocidad el coche no entra en esa curva", pero luego se inscribía en ella a esa velocidad y encima pedía más guerra. Claro, se supone que es un turismo, pero en realidad es un monoplaza "camuflado" de Renault Mégane "supersónico". Había incluso curvas que, según la telemetría de ambos coches, se pasaban 40 km/h más rápidas que con el Clio Cup.
Magia aerodinámica
Y si el paso por curva sorprende, lo del apoyo aerodinámico es cosa de locos. Por poner un ejemplo, en Montmeló hay una curva llamada "Campsa", que para los que la conozcan bien es la rápida de derechas siguiente a "La Moreneta". Después de una tanda de 20 minutos, la pasaba sin levantar el pie del acelerador y frenaba con el coche subvirando, pasando incluso miedo a destrozar un coche tan bonito, que me habían dejado con el trato moral de dejarlo el domingo como me lo había encontrado el viernes.
Una de las veces coincidí con otro participante. Iba tras él a no más de 15 metros y pasó sin encender las luces de freno, separándose de mí otros metros más. No puede ser, pensé, pero si ese tío lo ha hecho... yo también. Al siguiente giro, entré levantando el pie del acelerador, pero sin frenar. Me quedé atónito al descubrir que no sólo había desaparecido el subviraje, sino que el control había sido total y que aún quedaba mucho por pulir.
Ahora bien, mi problema era saber dónde estaría el límite y de qué forma aparecería. Menuda papeleta, con un coche de 20 kilos que te han dejado y en una curva de 165 km/h. Bueno, después de todo, el fin de semana conseguí pasarla en carrera simplemente levantando el gas a la mitad durante un segundo y aumentando nada menos que 10 km/h mi paso por allí respecto a cuando no frenaba. Y lo mejor de todo es que el límite vuelve a aparecer en forma de subviraje, como antes pero 20 km/h más rápido.
Yo, que siempre he competido en vehículos casi sin aerodinámica, la acababa de descubrir. Es decir, el coche tiene dos límites. Uno era el lógico de otros turismos o monoplazas sin alas, y otro el que te tienes que creer por la magia aerodinámica. Y claro, hay que creérselo y cuesta, si no, no sale el tiempo.
El último de la carrera
De esta manera, creyéndomelo todo en todas las curvas, en unos oficiales que se celebraron con la pista mojada, conseguí el decimocuarto puesto en parrilla. Después de tener suerte en la salida, en la que hubo un golpe, incluso llegué a rodar noveno, pero acabé la carrera, por primera vez en mi vida (nunca digas de este agua no beberé), ¡el último! Digamos que pagué la novatada cuando en una salida del pace car todos entraron a realizar la parada obligatoria y yo me quedé en la pista detrás de él, como un novato.
No puedo terminar este reportaje sin agradecer tanto a RPM como a Renault Sport y a Delahaye Motorsport la impresionante oportunidad que nos brindaron, tanto a AUTOhebdo SPORT como a mí, de vivir un fin de semana de ésos que no se olvida nunca.