viernes, 05 de diciembre de 2008 Buscar

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Pruebas

Renault R25 F1

19/08/2008

Nacho GABARI / Fotos: RENAULT SPORT

Renault R25 F1

Resulta muy difícil juntar las letras adecuadas que plasmen las sensaciones vividas a bordo de un Fórmula 1 durante dos vueltas a Paul Ricard, así que, por favor, acompañadme con atención en la experiencia de mi vida.

Se dice muy rápido y fácil... "yo he pilotado el coche de Fernando Alonso... sí, sí, el de los domingos, el que sale por la tele, el F1". Pilotar un vehículo de estas características sólo está al alcance de unos pocos elegidos que han sacrificado sus vidas y las fortunas de sus familias por un objetivo que muy pocos alcanzan... y de algunos afortunados de la vida, como el que escribe estas líneas.

Sobra decir que yo era un chaval un poco raro, del que primero empezó a reírse mi familia, a muy temprana edad, por estar todo el día jugando a los coches. Posteriormente fueron mis compañeros de colegio, por la infinidad de libros de conducción que devoraba a escondidas en las clases. Ya en la pubertad, AUTOhebdo SPORT se convirtió en mi "religión", terminando esa etapa con largas "charlas paternas" para que dejase de perder el tiempo de una vez y me centrase en la vida. Después he tenido la suerte de poder vengarme de todos ellos haciendo de los coches y las carreras mi modo de vida, sin pedir un duro en casa. Toda esa fuerza que me ha ayudado a conseguirlo estaba alimentada por el sueño de pilotar un Fórmula 1 algún día. Atrás quedan todas esas noches soñándolo, miles de kilómetros andando por los pasillos de casa mientras imaginaba que pilotaba uno, el sentirme incluso un tío algo raro durante mucho tiempo, más 150 carreras a mis espaldas pensando en ello mientras esperaba el semáforo en verde... por fin estaba en uno, con el ingeniero dándome el OK por los cascos, un circuito como Paul Ricard por delante y un vehículo con más caballos que kilos bajo mis manos. Iba a vivir algo grandioso que no olvidaría jamás. ¡Ya tenía una historia de verdad para mis nietos!

¡No...! ¡llueve!
Hasta ahora todo idílico, pero a veces el ser humano se ve sometido a duras pruebas de humildad ante las inclemencias del tiempo. Justo en el momento de atarme los arneses, y tras vigilar aquella negra nube que se acercaba sin remedio durante una hora, el líquido elemento hizo presencia. Era una nube de esas negras que llegan rápido, descargan y se van pitando. Increíble, "estas cosas sólo me pasan a mí," pensé mientras comenzaron a cambiar los neumáticos por unos de agua.

Bueno, a partir de ese momento, "reseteo" mental, con el único objetivo de devolver el F1 intacto al box tras las dos vueltas que iba a dar.

Desde el instante en el que el V10 se puso en marcha (son impresionantes su rumorosidad y vibraciones desde dentro) la máquina y yo quedamos totalmente aislados del exterior. Nos habían aleccionado tanto para no calarlo que lo hice realmente concentrado, pero la verdad es que luego no resulta más complicado que salir con un coche de carreras con una primera larga y embrague cerámico.

Problemas en la primera curva
"Aceleroncillo" al salir de la calle de boxes y el control de tracción del F1 se convirtió desde ese momento en mi ángel de la guarda. A partir de aquí comenzó la historia de la primera curva, que comento en tres fases: problema, causas y solución.

Uno, problema. Primera curva, un giro muy lento de 90 grados, un F1 entre manos, asfalto mojado, neumáticos fríos y frenos de carbono a 20 grados. Creo que hice lo lógico. Frenarlo mucho, mucho, insertar primera y "pa’ dentro". Aquí empezaron los problemas. La primera no se insertó por más que le daba a la leva izquierda (supongo que por un tema electrónico más que de protección), y este coche tiene el ralentí a 6.000 rpm.

Dos, causa. Por debajo de ese régimen el coche se acelera solo para que los sistemas hidráulicos tengan suficiente presión, y en segunda eso corresponde a 80 km/h. Luego, por telemetría, los ingenieros vieron que el límite de esa curva en esas circunstancias era de unos 65 km/h.

Tres, solución. Gracias a que estaba en Paul Ricard, un trazado donde todas las escapatorias son muy anchas y de asfalto, cuando empezó el subviraje y "aquello" no entraba, porque encima estaba "endemoniado" y aceleraba solo, decidí abrir la dirección y pasar la curva por la escapatoria exterior.

A partir de ahí, yo pensaba que el coche estaba acelerado, pero me dije: "¡no paro ni loco!, a ver si luego no me dejan salir de nuevo. Ya lo pararé como sea con el freno". El problema era que por debajo de 6.000 rpm acelera solo, igual que lo hace un diésel por debajo de 750.

¡Madre mía, qué empuje!
Tras un par de curvas enlazadas en las que no pasó nada raro y el F1 y yo nos entendimos más o menos bien, lo encaré hacia la larga y mítica recta del Mistral. Era mi momento. Aunque eso no traccionaba casi en ninguna marcha, tenía a mi aliado, el control de tracción, para ver lo que empuja un F1 hasta 15.000 rpm, que era el límite máximo al que estaba tarado.

Años atrás había probado en ese mismo escenario un Word Series de 450 caballos, y recordaba que me sorprendió mucho su aceleración.

Tras un par de sacudidas me encontré en otra dimensión, intentando que aquello no se girase demasiado y entrase "en pérdida". Rezaba para que sólo siguiese dando las secas pero cortas y controladas sacudidas que estábamos dando gracias al control de tracción, pero había conseguido tener el acelerador pisado a fondo y apurar cuatro marchas. Ya sabía lo que empujaba un F1 y lo que era ir a 240 km/h en el coche en el que Alonso realizó su primera pole. Y, realmente, ¡es impresionante! Uno se imagina que acelera mucho, mucho, pero de verdad que es mucho más, valga la redundancia. Además, a 13.000 rpm se ve que comienza a despertar de verdad, y ofrece cada vez más y más par. Deben ser de locos las sensaciones al exprimirlo hasta 19.000 vueltas.

Además de lo plasmado en este texto, que he intentado escribir con el corazón, con todo lujo de detalles, con mis pensamientos e incluso con un lenguaje muy cercano, poco más puedo contar sobre el R25, ya que, aparte de otro estirón en la recta principal, me limité en lo poco que quedaba a frenar muy cauto, pasar las curvas despacio y estar muy atento para utilizar el motor en su rango óptimo. De verdad que la situación no estaba para juegos, y había que devolver el F1 intacto de nuevo al box.

El resultado fue... ¡un tiempo 40 segundos más lento que el conseguido a bordo de Fórmula Renault! Menos mal que estaba el suelo mojado, si no no habría excusa.

En realidad, lo del agua fue una auténtica pena, pero no por ello lo dejaré de recordar toda mi vida como una experiencia realmente única, que debo agradecer a Renault España y a José Manuel Jáñez por su amable invitación.

 

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