En el año 93 corría por primera vez el Rallye de Cantabria. Nos quedábamos en una casita que nos prestó un chaval de Torrelavega que corría el Desafío. La compartíamos con Rafael Iglesias, nuestro actual ouvreur, y su copiloto Jose Lareu. La casa estaba en Suances, era de verano y en el mes de abril estaba con mucha humedad y fría después del largo invierno. La primera noche me debí de destapar del montón de mantas que nos pusimos y me dio una tortícolis terrible. Tanto que me era imposible girar el cuello hacia la derecha. Entrenando lo pasé bastante mal, y cuando tenía que mirar hacia mi lado en los cruces para ver si venía alguien, parecía Robocop.
Aquel año era el año de ahorrar, como os conté en el Rallye de Canarias, y nos llevábamos una bolsa nevera cargada de embutidos y pan de Meira (que duraba toda la semana de lo bueno que era). Siempre hacíamos grupo los gallegos y Arturo Rial nos perseguía todo el rato para zampar el pan. Rial era un piloto peculiar.
Recuerdo también que ese año nevó durante la semana y se hacían unos tramos de montaña míticos, de los que ya no hay, Las Machorras, El Puerto de La Sía… Incluso el día del rallye había nieve en los bordes y tenemos unas fotos "guapísimas" tipo Montecarlo. El año siguiente cumplí otro de mis sueños, que era acompañar a Luis Climent, lo hice en los reconocimientos en un Opel Astra GSi en el tramo de Ontón-Otañes. ¡Qué gozada!, irrepetible.
Eso es algo que se echa de menos ahora, ya que llegamos el miércoles por la noche, reconocemos el jueves con mucho estrés, probamos y verificamos el viernes, corremos el sábado y el domingo, a casa. Por aquel entonces llegábamos el viernes o sábado anterior y dábamos unas diez pasadas por tramo. Con lo cual nos cambiábamos de piloto de vez en cuando, las comidas eran en plan tertulia y en general había más convivencia.
Actualmente, por suerte, se reconoce despacio, aparte del GPS que nos limita la velocidad, estamos más mentalizados en que correr no lleva a ningún sitio. Respecto a antes, el ahorro es importante, y hace que se pase menos tiempo fuera de casa y se gaste menos en hoteles, en gasolina, en neumáticos, en pastillas de freno… y de vez en cuando seguimos llevando el pan de Meira, que está igual de rico que siempre.